viernes, 12 de diciembre de 2008

El exceso de fe

El exceso de fe es el peor aliado. Cuando crees en algo al pie de la letra terminas por exagerar las cosas ad absurdum. El verdadero partidario de determinada política nunca se toma en serio sus sofismas, sino tan sólo los objetivos prácticos que se ocultan tras estos sofismas. Las frases políticas y los sofismas no están, naturalmente, para que la gente se los crea; su función es más bien la de servir de disculpa compartida, establecida de común acuerdo; los ingenuos que se los toman en serio terminan antes o después por descubrir las contradicciones que encierran, se rebelan y al final acaban vergonzosamente como herejes y traidores. No, el exceso de fe nunca trae nada bueno y no solo a los sistemas políticos o religiosos; ni siquiera a un sistema como el que nosotros queríamos emplear para conquistar a la chiquilla.

del libro de los amores ridiculos

miércoles, 26 de noviembre de 2008

el traductor

Arreglaron encontrarse en boulevard des Invalids y la rue Vitruve. Martin llevaba gafas, ni por todo el oro del mundo va a dejar que lo miren a los ojos. Pese a que hace calor lleva puesta su campera. Todavía tiene la mano dolorida, prefirió rompérsela contra una pared que volver a deformarle la cara a un amigo. Mientras cruza va pensando que se olvido el cuchillo, que si no será mucho, que si su inconsciente lo traiciono de nuevo. No. Fueron ellos. Esta vez fueron ellos.
Lo espera Roland, compungido. Sabe que tiene que medir sus gestos, y cuando lo advierte cruzando la calle traga saliva, se le transforma la cara. ¿Querés que subamos? No, prefiero caminar.
Caminan en silencio una, dos cuadras. Para Martin hay poco decir, mucho que escuchar. Farfullando, Roland se quiere explicar: “Pri pri primero quiero que sepas que vo vos sos muy importante para mí.” Martin arquea las cejas, sostiene el silencio. “quiero decir, yo se que va a ser muy difícil que vuelvas a confiar en mi…pe pe pero quiero que sepas que que que sos importante, los dos son importantes, y que…que eso es inmutable…”. Martin saca un cigarrillo y piensa que la muerte es la única que es inmutable, le pide fuego a un viejito, sigue caminando y vuelve a alcanzar a Roland. "…Y eso, la cagué, pero si puedo hacer algo para que estés bien, decímelo". "Bueno mira…por favor…no grites".